martes, 26 de mayo de 2015

Si te caes, te levanto... y si no, me acuesto contigo.


Algún día te contaré que todavía no he ido a ninguno de esos cafés. Que no sé cómo huele el café tostado en un rincón de Viena y tampoco puedo imaginarme el Orient Express atravesando Asia, con Mata-Hari dentro. Que ni siquiera soy vieja todavía. Ni siquiera nada, todavía. Pero que aquí estamos, que siempre hemos estado aquí. Que la gente en los cafés ha estado siempre allí. Que el escritor del abrigo largo que se sienta al fondo, siempre estuvo allí, al fondo. Que tú siempre estás ahí y tú siempre serás ese lector: fumándolo todo, probándolo todo, viviéndolo todo. Que yo siempre estaré aquí, del otro lado, siempre-siempre-siempre. Aunque tú estés muy entretenido leyendo y no levantes la cabeza ni siquiera cuando el camarero te sonríe. 


Aunque no me veas, algún día te diré por qué no puedo oler el café tostado, ni los charcos al salir, ni la música que hace tin-tín en el gramófono, ni el amor, ni la vida. 



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