lunes, 2 de marzo de 2015
Se despidieron pero seguían llevándose por dentro.
Qué sensación espantosa es esa de sentir que simplemente las cosas terminan. Y a pesar de querer y no, ya ni ellos mismos podían salvarse de perderse. La taza de café que ella llevaba por undécima vez hacia su boca, a pesar de que estaba vacía, no les depararía tras sus labios más futuro que el de olvidarse, y eso dolía. Él ni había tocado la suya que ya no humeaba, sabiendo que por la garganta no iba a poder bajarle nada, con tanto grito que callaba amontonado bajo la nuez, y eso también dolía. A punto estaba de sacar el vigesimocuarto cigarrillo del día, pero se acordó a tiempo, no iba a fumar delante de ella, era una cortesía de su parte, quizás la última. Luego, tras un largo silencio, de las miradas que se esquivaban y volvían a buscarse para esquivarse otra vez, como si los dominara el miedo de verse desnudos y pidiéndose, él le ofreció acompañarla hasta su casa. Ella no pudo decir que no, sabía que se estaban entregando al ritual de una despedida que esta vez si los separaba.
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