Nunca fui capaz de entender por qué era blanca aquella luz. No eran míos aquellos sueños. A mí se me habían acabado antes de conocerte. Era invierno. Llovía. Me hablaste de ti. Del café. De las pesadillas. Te dije que no nos conocíamos. Continuaste hablando de literatura como si yo no hubiese dicho aquello. Encendiste el cigarrillo, despacio. Me miraste. Nos conocemos si nos desgarra la misma literatura, dijiste. Apreté los labios. La frase que más quería decirte era lo entiendo. Lo entendía porque tú también estabas triste. Hacía tiempo que yo había asimilado la tristeza. Pintar las paredes de blanco. Escribir sobre ellas toda nuestra literatura. Ni tuya ni mía. Quizá fue una forma de reconocerse entre las sombras. El mismo café. Las mismas pesadillas.
Y ni siquiera tú fuiste capaz de apagar el frío.