martes, 18 de agosto de 2015
Valorarse es entender que si te vas a querer a ratos, es mejor que no te quieran.
Sabes que un año ha sido bueno cuando no tienes que pensar si lloraste más de alegría o de tristeza, porque lo sabes incluso antes de que te formulen la pregunta. Y este está siendo uno realmente bonito. También sabes que fue bueno si al final de él, justo en el último día, no te cabe la menor duda de que lo mejor que pasó fueron las personas que te ocurrieron. Y mi año tiene nombre, tu nombre. Uno muy corto y fácil, bonito, uno que suena como miles de sinfonías de violines cada vez que se acerca a mis labios y se pronuncia. Esto no es un post como los de todos los días sobre las cosas que hice en otros años, ni de los libros que leí y que más me gustaron o de las veces que reí con amigos (y creed que fueron muchas), ni siquiera de todos los objetivos que conseguí. Es una entrada sobre el amor. El de verdad. Ese que para Cortázar te dejaba clavado como una estaca en mitad de algún lado. El amor que crea belleza, que inventa mundos, que genera lo inconmensurable. Ese amor en forma de isla, de océano mar, que Baricco nos ha regalado para que fuéramos conscientes de la necesidad de conocerse y de hacerse juntos. Porque he aprendido que el amor no es un resultado, sino un constante hacerse. Construirse todos los días. Y este año me está empujando a la arquitectura de tu cuerpo, a las formas, a las bóvedas del amor. A edificar una casa dentro de otra casa. A estar en el interior de tus venas. Este siempre será el año en el que enamoré por primera vez. De verdad. El año en el que aprendimos que los milagros existen y que mojan.
Porque tú y la lluvia y un océano mar.
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