miércoles, 26 de agosto de 2015

Aprendí que a veces el que arriesga no pierde nada, y que perdiendo también se gana.


Es como llegar a ese momento absurdo previo a que se acabe todo, la consciencia absoluta de cuál es el punto siguiente, el punto final a esa broma finita que os traéis entre manos. Y sin embargo ambos seguís manteniendo vuestro papel intacto, bailáis en la impostura justo antes de tirar el telón al suelo y prenderle fuego. Todo es normal aunque ambos sabéis que todo es distinto esta vez, que el futuro ya no es el previsto. Imágenes de una solución más drástica y dramática se os vienen a la cabeza, quizás una copa envenenada con tal de no reconocerse ante los ojos, que la obra que lleváis a cabo no va a acabar donde esperabais. Sin embargo todo es más estéril, más aséptico. Sencillamente la noticia que ambos sabéis llega por fin, alguien pronuncia el discurso final y el teatro se acaba y los personajes, no se sabe muy bien cómo, desaparecen, y solo queda la piel desnuda del intérprete, que lleva tanto tiempo en el papel que se le había olvidado que era más que todo ese absurdo. Y entonces cada actor se va por su lado sin ningún rumbo fijo, sin saber siquiera si sus pasos erráticos les conducirán al paraíso o al abismo.




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