Cuando me siento triste escucho jazz. Es como ponerte a pelar cebollas y aprovechar para llorar a alguien, sin que se note mucho. Es una excusa mala, lo sé, como lo son en realidad todas las excusas. Pero empieza a sonar Chet Baker y las lágrimas salen solas, fácilmente, como los sonidos de la trompeta. Y llega un momento en que ya no sé si son corcheas o fusas o silencios lo que lloro, o eres simplemente tú. Tú que me suenas a swing y a pentagrama. Extrañar a alguien debería estar homologado como deporte de riesgo o de competición. Porque al final todo esto es así, mirar quién es el que echa más de menos. Saber quién va a salir perdiendo, el tiempo descompasado y la prórroga de la pérdida.
Y tener el jazz o las excusas suficientes para llorarte. Como los saxofones, que también te lloran.
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