jueves, 23 de abril de 2015
Nunca le seas infiel a tu amor propio.
Voy a decirlo entre susurros para que puedas oírlo bien. Porque sí, sé que me escuchas mejor cuanto más bajito hablo, cuanto menos hablo, cuanto más lejos está el sonido de lo que digo y más cerca está de ti. Sé que lo entiendes, que no es solo eso, que no es que me leas los silencios y las ausencias, que me lees la sonrisa y lo sabes, y sé que lo sabes y se te entrecierra en los ojos y lo dejas salir, entre tus labios, espirando, expulsando el aire, más catarsis que la propia catarsis misma, más poético que tragedia, menos tragedia que nada, que aquí ya no quedan héroes, quizás nunca los hubo, que nunca los hemos necesitado, y tan solo estamos mis ganas y yo mordiéndote despacio; mordiéndote entero, los labios, la piel, los sueños; mordiéndote el calor, los escalofríos, el desconcierto. Haciéndote mío. Mordiéndote las ganas para no dejarlas escapar.
Mordiéndote, morderte despacio para que te quedes conmigo.
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