Cuando te conocí, tu prospecto rezaba “cura para todos los males”.
Y sin pensarlo tomé las dosis indicadas de ti. Pero claro, la automedicación nunca fue buena y yo jamás tuve receta. Así que ahora sé, (gracias a una arritmia permanente) que debí leer también tus defectos secundarios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario