Porque estás frío. Y nadie cree ya que el calor pueda volver a tus mejillas. Porque estás muerto. Y nadie cree ya que los muertos puedan brillar. Pero ahí sigues tú, de pie y empeñado en estar presente en mi vida porque te crees grande, luminoso, cierto. Y solo eres el frío blanco, crudo y pequeño, de un niño sin guantes.
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