sábado, 4 de julio de 2015

Lo más importante, nunca se ve...


Era demasiado callado. Sus silencios podían prolongarse hasta tiempos imprecisos. Era fácil, asquerosamente fácil, abollarse con malos pensamientos y sospechas de más de un minuto. Recuerdo, por ejemplo, infinidad de días en los que su melancolía me hacía sentir muy pequeña. Yo, que pensaba que él no era suficiente para mí -porque no se lo proponía, no por otra cosa-, me sentía absurda a su lado, contemplando diferentes paisajes o esperando sueños dispares. Yo quería dragar en su alma,  en esa fragancia amarga  que parecía salir de su cabeza,  en ese temor constante del que no quiere intentar nada, porque ya nació bajo un signo fatídico  y adverso. Yo, por aquel entonces, ya me había cansado de sueños incoherentes e incumplidos, de lugares que había pintado de azul y se me habían hecho morados, turbios e indeseables. Estaba harta de buscar ojos incomparables y no dar más que resbalones. Lo gracioso es que apareció de golpe, como el correo importante  que tarda demasiado sin saber bien por qué o como las canciones a las que le damos un sentido particular de golpe, después de haberlas oído e ignorado durante mucho tiempo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario